No es fácil vivir en el milagro permanente. Tampoco es muy recomendable tener que recurrir de forma constante a épicas remontadas. Este recurso esconde un fracaso previo, una derrota que superar. El Madrid tiene una mística y un relato alrededor que convierte perder por 3-0 en una oportunidad magnífica para demostrar su grandeza. El Arsenal de Arteta le dio un soberano repaso al Madrid de Ancelotti en la ida. Lejos de descargar una tormenta de críticas contra el italiano y sus jugadores, todos (incluidos nosotros) apostamos por la opción de la remontada, asidos a una irrepetible historia reciente, a una mística que convertía cualquier partido perdido en una ocasión propicia para agrandar la leyenda. Se olvidó el pésimo partido de Inglaterra y surgió, en su lugar, una extraordinaria opción de remontar, ese término vibrante que pone los pelos de punta al madridismo. Ancelotti, que no daba un duro por sí mismo tras el fiasco de la ida, se acabó subiendo al carro y apeló al corazón, el coraje y la testosterona (por evitar términos malsonantes) para darle la vuelta al choque. Pero ni una cosa, ni la otra, ni la otra. Ni corazón, ni coraje, ni cojones. Nada. Principalmente, ni fútbol. Y así es imposible remontar. Por mucha historia, por mucha mística y por mucho relato que se intente construir.

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