Al frontón de Markina le llaman la Universidad de la Pelota, porque de su cancha se exportaban cada año pelotaris muy jóvenes, que hacían su carrera en todos los recintos donde se jugaba a cesta punta en el mundo, desde Milán hasta Orlando; desde El Cairo a Shangai. Regresaban después —algunos con los bolsillos llenos—, a Gernika, a Bolibar, a Markina, de donde procedían, o se establecían en Estados Unidos, Argentina o Filipinas. Los que volvían, lo hacían hablando en inglés, en tagalo, o en portugués, como quienes hicieron su vida en Macao, el enclave del país vecino en China. Años más tarde, en el pueblo vizcaíno se volvió a escuchar portugués, el de Joao Almeida, que delante del frontón, donde se situó la meta, ganó la etapa y se vistió con el jersey amarillo de líder.

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