Uno de los vídeos que más veces habré visto es el del concierto que Metallica dio en Moscú en el año 1991. No es que la banda de Los Ángeles esté en la lista de los cinco grupos más escuchados de mi vida. Con dificultad entraría en el top diez (nótese, por favor, el guiño a Rob Fleming), pero hay algo en las imágenes de esa tarde moscovita que siempre me ha fascinado. Los militares soviéticos agitando sus chaquetas como si fueran bufandas al viento, la masa humana botando al ritmo de las guitarras eléctricas, la pasión desbordada de James Hetfield y compañía, sabiéndose en una cita histórica y, sobre todo, un detalle que a la mayoría de quienes han visto el concierto les habrá pasado desapercibido: un plano de apenas unos segundos en el que se distingue a un hombre calvo (calvo de los de antaño: cima despejada y laterales poblados) vestido de traje, agitando la cabeza en trance metalero, con la mirada en el suelo y el puño en alto. De alguna manera, siempre entendí algo disruptivo en esa presencia, la de alguien que, por su imagen, no debería estar ahí y que, sin embargo, se funde en la marea no solo como uno más, sino incluso como el mayor implicado. A veces he vuelto a ese vídeo solo para detectar de nuevo, como a un Wally anómalo, la presencia de ese hombre gris y normal entre la masa metalera.

