El mundo se desangra; Benjamin Netanyahu sigue asesinando niños; Trump y Putin se reparten Ucrania; Europa se deshace; las juventudes del mundo se movilizan, y en un resort griego, a las 10.30, Thomas Bach, presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), uno de los grandes poderes universales, somete a la votación de su concilio el único asunto de todo el día: “¿Hacemos un break coffee de media hora ahora o nos lo saltamos y hacemos ya a las 11 el lunch break de dos horas?” El resto de los informes presentados por los miembros son aprobados silenciosamente, un pequeño aplauso, después de que Bach los relatara y encomiara como un viejo profesor hace con los exámenes de sus alumnos en un aula apesadumbrado. Y, justamente, el peso desmedido del presidente con respecto a su asamblea —los 109 miembros restantes del club, príncipes y princesas coronados, CEOs de grandes empresas, políticos importantes, propietarios millonarios, exdeportistas admirados, provectos miembros— es una de las constantes del movimiento olímpico que prometen cambiar los siete candidatos a la sucesión de Bach, que deja el mando después de 12 años: todo el poder para la asamblea.

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