Harvey Elliott, probablemente el jugador menos importante de la plantilla del Liverpool, alegre mediapunta a la vieja usanza, devoto del último pase y desinteresado convicto de las labores de mantenimiento, ejecutó el único remate de su equipo en el incendio de París. El PSG lo freía. Le había arrebatado la pelota, lo había anulado en ataque y le había rematado 28 veces, según la UEFA, cuando Elliott rompió el cerco y corrió en una galopada aleatoria para aprovecharse del improbable saque de portería de Alisson y del poco previsible rebote tras la pelea de Marquinhos con Darwin. Pues bien, ahí fue el rebote y ahí fue Elliott, autor de un 0-1 que cayó como llovido del cielo para el Liverpool. El próximo martes el líder de la Premier se jugará el pase a cuartos en Anfield con la serenidad de comenzar el último duelo con la ventaja que proporciona el marcador y un sentimiento inefable de que los dioses del fútbol lo amparan por misteriosas razones que no se sostienen ni en la estadística ni en la evidencia abrumadora del juego mostrado.

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