Nadie sabe con exactitud qué le pasa al Manchester City, por más que cada cual tenga su propia opinión y la comparta a los cuatro vientos sin ningún tipo de reparo. El fútbol, además de la más importante de las cosas menos importantes (como bien dijo Arrigo Sacchi en una ocasión y ahora repetimos varios millones de personas casi a diario), también es un trampolín desde el que cualquiera se atreve a saltar porque son pocos los llamados a comprobar si en dicha piscina queda agua. Guardiola es uno de ellos. Y puede que ni él mismo sepa qué le ocurre a este equipo suyo que parecía volar al comienzo de la temporada para derretirse ahora, partido tras partido, como una tapa de bolígrafo al calor de una vela.

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