Ahora que el K2 (8.611 m) también ha sucumbido al turismo de alta montaña, cuesta imaginar las tremendas historias de valentía, traición y dolor perpetradas aquí en 1939 y en 1954, fecha de la primera ascensión de la segunda montaña más elevada del planeta. Mientras la Alemania nazi partía a la conquista de Europa, Fritz Wiessner, un químico y alpinista alemán con doble nacionalidad estadounidense, se obsesionaba con el K2. El 19 de julio de 1939 la noche empezó a caer cuando él mismo y el nepalés que lo acompañaba, Pasang Lama, se hallaban apenas a 240 metros de desnivel de una cima que ya acariciaban. No portaban oxígeno artificial pero el tiempo era perfecto, no estaban agotados y solo les quedaba unas sencillas pendientes de nieve hasta alcanzar lo más alto. Pero Pasang, temeroso de los demonios de la noche, se plantó: no intentaría la cima hasta el día siguiente, a la luz del sol. Comprensivo y tolerante, Wiessner accedió a darse la vuelta. Se arrepentiría durante toda su vida, incapaz de imaginar en ese momento el encadenamiento de desgracias que alterarían para siempre su existencia.

