Hace unos días, convencido por el club y acuciado por su familia, Carlos Corberán tuvo que dejar el hotel donde se instaló cuando llegó a Valencia en plenas Navidades y se mudó a su nuevo hogar con su mujer y sus dos niños. Había que poner fin a esa obsesión. El nuevo entrenador del Valencia hacía cada día jornadas de 14 horas. Empezaba a las ocho y acababa a las diez de la noche. Solo había fútbol en su vida. No había nada más que encontrar la fórmula para salvar al equipo, su equipo, del descenso. Corberán ya está en casa, pero antes parece que empieza a enderezar a un conjunto que caía a plomo hacia Segunda.

