Tengo un sueño recurrente desde hace muchos años, un sueño de fútbol, un sueño como dios manda: camino tranquilo por la calle, generalmente acompañado, y alguien me detiene para preguntar si soy aquel punta ratonero que marcó un gol con la selección española frente a Yugoslavia. Ni siquiera fue un tanto soberbio —lo recuerdo perfectamente en cada repetición del sueño, siempre el mismo tiro de cámara e idéntico empujón a la red— y me cuesta imaginar por qué lo recuerda la gente, aunque sea una farsa. A partir de ahí, todo se vuelve embarazoso pues no me conformo con refrendar mi autoría y empiezo a dar explicaciones sobre lo que sucedió después: no hay más fútbol en mis sueños y mucho menos fuera de ellos, allí terminó mi fulgurante carrera.

