Rodrygo Goes, un optimista merengue casi desde la cuna, pensaba que ya estaba todo perdido. En el cronómetro del Santiago Bernabéu se leía 89:10, y él sentía que de ese punto, 0-1 en el marcador, a falta de dos goles para forzar la prórroga, ya no se iban a levantar: “No, no… Estábamos muertos”, decía poco después del partido en el reservado de un restaurante argentino no lejos del estadio, antes de sentarse a cenar con su gente cerca ya de las dos de la mañana.

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