“¡Venga, Fermín, venga, venga!”, grita Daniella ante la tele. Está viendo a su padre, animándole en la carrera de su vida. Solo, destacado, en la recta final, mira constantemente atrás, con miedo a que le alcancen. No le alcanzan. Daniella Cacho, de nueve años, ya lo sabe, pero se emociona igual. 30 años después, los Juegos de Barcelona siguen vivos en la casa de una familia de Andújar (Jaén).

