Marcó Dembélé en Dallas e hizo el gesto de “a dormir”, una celebración popularizada por Stephen Curry a base mandar partidos a la cama y rivales al limbo. En realidad, el gol del francés no hizo ni una cosa ni la otra, pero algunos aficionados del Barça parecen agradecer estas muestras de autoconfianza repentina —puramente veraniegas, casi refrescantes— después de cinco años deambulando entre el fracaso deportivo y el horror corporativo. No en vano, los anteriores dirigentes del club habían invertido unos ciento cuarenta millones de euros en un futbolista ambidiestro que ejecutaba rabonas cuando ni él mismo recordaba dónde residían buena parte de sus virtudes.

