Como si el mundo se acabase en septiembre, todos parecen tener claro que las vacaciones son más una obligación que una necesidad. Cada cual de acuerdo con sus posibilidades económicas busca un lugar donde perderse: será complicado que lo logre en las montañas, al menos en las más solicitadas. Los guías de montaña aparecen ya a estas alturas enjutos, abrasados por el sol y sin dar abasto para atender el tsunami de clientes que llueve sin remedio. En la meca del alpinismo, Chamonix, las agencias buscan guías debajo de los bloques de granito y eso que el invierno se trabajó como nunca. Hay alpinistas, senderistas, escaladores, ciclistas y corredores de montaña por doquier. Y lo mismo ocurre en los principales macizos españoles. Al mismo tiempo, algunos parecen incapaces de salir a la montaña sin otra idea que cambiar de aires; todos quieren ser su mejor versión tratando de emular a Kilian Jornet.

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