Tras cruzar la línea de meta, Roglic alzó el brazo derecho mientras que con la izquierda manejaba la bicicleta ante la gente que ya le empezaba a envolver, deseosa de felicitarle. Acababa de hacer historia, cuatro Vueltas en el zurrón, a la altura de Roberto Heras, el tope de la competición. “Haber conseguido esto es muy bonito y una locura, es mágico. Estoy muy feliz. Es increíble ganar de nuevo”, acertaba a decir el esloveno, por una vez cierto atisbo de emoción en su discurso, ciclista de hielo en la carretera y hasta en las distancias cortas. Al menos con el pelotón y el aficionado, también el periodista, pero no así con su mujer y sus dos hijos pequeños, a los que abrazó y beso, el mayor ataviado con el maillot rojo que encumbró de nuevo al esloveno y el chico con zapatillas rojas, una réplica de las que usó en la contrarreloj el campeón.

