Supongo que todo se resume en ese momento concreto en que la repetición desvelaba el pie de Thibaut Courtois desviando un tiro cruzado de Grealish que debería haber puesto el 0-2 en el marcador, penúltimo clavo en un ataúd que el Madrid utiliza a modo de cama hiperbárica para reírse de la muerte y el resto del mundo. Mi padre, que sabe más de la vida que cualquier otra persona que conozca, se levantó del sofá, le colocó el arnés a la perra y se la llevó a pasear. “Está todo perdido”, dijo. Y se marchó con esa cara de resignación que los antimadridistas viejos ejecutan preventivamente, mucho antes de que el drama se consolide o incluso se vislumbre.

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