Corre una multitud en estampida, como si se hubiese declarado un incendio de buena mañana. Pero no hay fuego en los bosques de Eugene, solo pasión por el atletismo y ganas de llegar a tiempo de ver en otro punto del recorrido a las maratonianas, a las que acaban de observar empezar los 42 kilómetros y 195 metros. Solo no se mueven los regentes de dos puestos, mesa y folletos, de testigos de jehová, que pese a lo temprano de la hora, las seis y cuarto, ya están allí, dando los buenos días educadamente a todo el que les mira a la cara.

