Las defensas han caído. Saint Andrews está desnudo. Los mejores golfistas del mundo han convertido el santuario escocés en un parque infantil. El Open no parece el Open, sin frío ni lluvia, mecido apenas por un viento amable, nada que ver con el vendaval y la tormenta que otros años han hecho del grande británico un campo de minas. En este disneylandia, una lucha preciosa se libra en las alturas. El norirlandés Rory McIlroy y el noruego Viktor Hovland comparten el liderato con 16 golpes bajo par, cuatro de ventaja sobre los dos Cameron, Young y Smith, y cinco sobre Si Woo Kim y Scottie Scheffler. El dúo español levantó la bandera blanca: Jon Rahm solo dio un bocado hasta el -5 en la general y Sergio García se estancó en el -3 de partida.

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Gloria para un fiel o un rebelde

Muchos duelos se libran en Saint Andrews. Mientras un puñado de estrellas esprinta hacia la gloria individual en una cita que saben que es eterna, en el tablero escocés se juegan otras partidas de ajedrez. Por ejemplo, saber si el grande más deseado en el último medio siglo se vestirá con una bandera estadounidense o una europea. La inercia es norteamericana, pero el viejo continente juega en casa. De los últimos 30 títulos del Grand Slam, los golfistas de Estados Unidos han celebrado 21. Entre los 20 mejores jugadores de la clasificación mundial, 13 cantan por las barras y las estrellas.
En este fuego cruzado que es hoy el golf, cada jugador se representa a sí mismo, a su país y a su continente, y además ahora son peones, caballos y reyes de una guerra santa que sacude su deporte. ¿Será el campeón uno de los fieles que se mantienen firmes en el circuito americano o uno de los rebeldes que se han alistado en la liga saudí de los petrodólares? No es una ecuación cualquiera, sino otro movimiento estratégico en la lucha por el poder. El golfista que levante la Jarra de Clarete en la 150ª edición del Open Británico (e ingrese un cheque de 2,5 millones de dólares) se alzará a su vez como el símbolo de un bando ganador.
Del lado del PGA Tour, Rory McIlroy es la carta favorita, el golfista que junto a Jon Rahm y Justin Thomas más ha defendido la lealtad a la casa madre. Entre los insurrectos, el cromo preferido es el de Dustin Johnson, su mejor fichaje, número 18 del mundo. DJ conquistó dos grandes (US Open 2016 y Masters 2020) durante un matrimonio con el PGA Tour en el que amasó 75 millones de dólares en premios. Hoy es el jefe de los rebeldes. 
Un pelotón de 24 jugadores relacionados con la liga saudí arrancó en el Open; 11 pasaron el corte. Greg Norman, consejero delegado de LIV Golf, no fue invitado a la cena de los campeones. Tiger Woods le atizó por romper su deporte. Y Rahm sentenció: “En estos tiempos, este torneo es lo que el golf necesita”. Saint Andrews decidirá si besa a un fiel o a un rebelde.

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