Acaba de hablar Mario García Romo (23 años, Salamanca), gafas de sol, polo de la federación, acreditación al cuello, botella de agua a mano, y pone rumbo a la salida del campus de la Universidad de Oregón, hogar de muchos de los atletas que estos días compiten en el Mundial de Eugene. Va a cortarse el pelo. Un rito que no perdona antes de cada competición. Como si la tijera y la maquinilla despejasen la cabeza de pensamientos negativos.

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