Las leyendas también lloran. Tiger Woods cruzó el famoso puente de piedra de Swilcan que atraviesa el hoyo 18 de Saint Andrews, se quitó la gorra como símbolo de reconocimiento y le saltaron las lágrimas cuando la grada junto a la casa club del mítico Old Course se puso en pie para despedir al mito. Era el adiós, puede que definitivo, de un campo histórico a un jugador inmortal, el atleta que más ha revolucionado un deporte. Tiger se marchó después de no pasar el corte con nueve sobre el par, derrotado por su maltrecha carrocería. Ni siquiera un recorrido plano como el del templo escocés le permitió ser mínimamente competitivo, circunstancia que arroja una gran sombra de duda sobre su futuro a los 46 años. Si no resiste una caminata al lado de la playa, ¿cómo hacer frente a grandes que retuercen el cuerpo como el Masters y el US Open?

