Un centenar de personas con banderas de Serbia esprintan hacia el puente que une la central de Wimbledon con el área social del club. “¡No-le, No-le, No-le!”, gritan al paso del campeón, que durante el intervalo entre su victoria y la charla con los periodistas ha tenido tiempo para todo: llorar bajo la toalla, besar a su esposa (Jelena) y a su hija (Tara), bromear con los duques de Cambridge y celebrar en la intimidad del vestuario con todo su equipo. Está emocionado y, de alguna forma, liberado.

