Llegó el momento de decir adiós. Sandra Sánchez, la pequeñina del kárate, la que dice que se cayó en una marmita de energía infinita, la que antes de las competiciones importantes sueña que se la come una tortuga gigante, la deportista incansable, tozuda, risueña, de risa contagiosa, se despide del tatami con 40 años y once meses, con la medalla número 60. La última, la del último baile, la ha conseguido esta madrugada en Birmingham (Alabama) en los Juegos Mundiales tras derrotar en la final a la japonesa Hikaru Ono. En su palmarés, un oro olímpico, dos mundiales y siete europeos. Y, lo que es más importante, haber conseguido que la gente sepa lo que es un kata, que los niños y niñas la imiten en los patios del colegio. El kata es un combate contra un rival imaginario en el que los jueces evalúan tu capacidad de transmitir, la fuerza, el equilibrio, la rapidez. Lo que sientes y lo que sacas fuera.

