De esto debe de hacer muchos años, porque era el siglo pasado, el milenio pasado, era cuando yo tenía pelo. Cuando sonaba el timbre del recreo todos salíamos en tromba a disfrutar de la plaza del pueblo, de mi pueblo, de Aretxabaleta, de ese, para mí, inmenso patio en el que el primero que llegaba elegía equipo para enfrascarnos en media hora interminable del más intenso de los partidos que nunca he disputado. Allí se jugaba todo cada día, una sonrisa sudorosa al final del recreo significaba que habíamos ganado, una mueca de disgusto representaba que el siguiente partido era el bueno, el definitivo de una serie interminable que empezaba en septiembre y finalizaba en junio, que se suspendía solo en caso de lluvia exagerada, que se jugaba con lo que se tenía, o pelota, o balón. Para nosotros jugar con uno o con otro significaba jugar a deportes diferentes.

