Una de las características más perniciosas del fútbol moderno es que apenas nos deja tiempo para echarlo de menos: siempre está ahí, nunca se va del todo y, cuando lo hace, vuelve raudo a presentar sus credenciales para que el gran público no sienta la improbable tentación de enamorarse, qué sé yo, del ciclismo. Todavía con el final de la pasada temporada en la retina y los párpados en carne viva —de tanto frotar— con los milagros recurrentes del Real Madrid, el fútbol vuelve a ponerse en marcha con ese ímpetu febril de quien se sabe parte fundamental de nuestras vidas.

