La Catedral de Wimbledon estalla, todo el mundo el pie. No puede ser de otra forma: bienvenidos a lo inverosímil. Sigue Rafael Nadal desafiando a toda convención y toda lógica, a ese chasis que le pide que levante la bandera blanca. Esta vez es el abdominal el que azota. Lo hace pronto, pero él se rebela y se rebela contra su desgracia. Así, lesionado, acorralado y con el agua al cuello, al límite, reduce a Taylor Fritz (3-6, 7-5, 3-6, 7-5 y 7-6(4), tras 4h 21m) y se procura la semifinal de Wimbledon contra el australiano Nick Kyrgios, primerizo en la escala y convencido: 6-4, 6-3 y 7-6(5) a Cristian Garín). El entrevistador procede a transmitir el sentir general: “¿Cómo lo has hecho, Rafa?”. Y él, el campeón de nunca acabar, tampoco encuentra palabras y previene a la vez: “No lo sé. Disfruto jugando este tipo de partidos y de la energía de esta pista… ¿La semifinal? Lo primero, espero estar listo para jugar”. Así acaba este miércoles incomprensible. O no tanto, tal vez. La explicación está en el apellido: Nadal. Así arranca todo.

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