Llega volando el pelotón a Calais y no tiene ni un segundo para detenerse ante los seis Burgueses y emocionarse ante la angustia, el dolor, el fatalismo, de las figuras de bronce creadas por Rodin, los sentimientos con los que más de 100 años después, en el mismo Calais, boca de túnel cima de acantilados blancos, puerto de desesperanza, sobreviven centenares de migrantes que buscan cruzar el canal, al final del que les espera, si no la muerte un vuelo a Ruanda, y vuelta a empezar. Tampoco pudieron ver los ciclistas la jungla de los campamentos de migrantes y, quizás por eso, y porque la cercanía de la etapa del pavés les obsesiona y los agobios de sus directores les desquician, algunos de los corredores, la mayoría podrían hasta ver representados en la escultura, un canto al espíritu de sacrificio, al heroísmo del gregario, que lo da todo, hasta la última gota de sudor, por otro, por la gloria de su jefe.

