La naturaleza imita al arte y Wout van Aert y sus jumbos le echan una mano a la naturaleza, que, en los acantilados de Calais, en Cassel, en los montes testigo de Flandes, se cree Miguel Ángel, nada menos, o Van Aert. Ese bloque de mármol tiene encerrado un David y para liberarlo solo se necesita quitarle la piedra que sobra, veía el genio renacentista, que agarraba el escoplo y el martillo y terminaba la faena, como la naturaleza, ante el paisaje sereno que se acerca al mar de un salto sobre unas paredes de 100 metros, verticales, verticales, de margas blancas, de calizas, los esqueletos calcáreos de millones y millones de moluscos, y brillan en la oscuridad, blancos, blancos, decide que allí hay un monte, y ordena a sus ríos, al viento, a todas las fuerzas de la erosión, que trabajen, que eliminen la tierra que sobra, que den forma basta a un monte para que millones de años después, otro Miguel Ángel, un belga sobre dos ruedas y unos pedales que mueve con furia y potencia admirables le dé los últimos toques, lo refine, lo convierta en un monumento que, como el David, deja a todos con la boca abierta y a Philipsen, que gana el sprint del pelotón 8s después, con cara de tonto por celebrar la que creía su victoria.

