El sábado se vivió en Wimbledon uno de esos partidos que levantan comentarios, no tanto por el juego en sí como por algunos aspectos extradeportivos. El encuentro en cuestión, que enfrentaba al australiano Nick Kyrgios y al griego Stefanos Tsitsipas, iba transcurriendo con normalidad hasta que el primero, como viene haciendo de manera habitual y ha convertido ya en seña de identidad, sacó por debajo de la cintura. Y ahí es donde pasó lo que, a mi entender, no debería haber ocurrido.

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