No guarda Serena Williams el mejor de los recuerdos de su último paso por Wimbledon. El grande británico fue, de hecho, el escenario en el que la estadounidense, de 40 años, disputó por último partido oficial. Y el coste fue tremendo: rotura de la corva –zona posterior de la rodilla– y un año entero en la enfermería, sopesando desde entonces qué hacer, deshojando la margarita y decidiendo si le compensa o no seguir castigando un cuerpo ya maltrecho o bien apuesta por quemar el cartucho definitivo. Y en ello está, en medio de un escenario de especulaciones y, dicho sea de paso, de poca fe generalizada. Ahora mismo, no hay nadie que confíe más en Serena que ella misma.

