A pesar del guirigay de la federación española alrededor de la selección femenina de fútbol, del beso no consentido del expresidente Rubiales a Jenni Hermoso que sacudió todos los cimientos de la institución -con despidos y renuncias a todos los niveles- y el fútbol en general, el equipo se ha acostumbrado a reclamar con el micro en la mano y a responder con la pelota entre los pies. Por algo fueron las campeonas del mundo en Australia y Nueva Zelanda y por algo se impusieron en los dos primeros encuentros de la Liga de las Naciones cuando apenas habían tenido tiempo para entrenarse, cuando las reuniones para cambiar las actitudes machistas copaban el tiempo de unas jugadoras que renunciaron a volver a ponerse la camiseta hasta que los cambios fueran latentes, ahora recogidos y puestos en marcha con el Tratado de Oliva entre la RFEF, el CSD y las jugadoras. Con el ambiente más tranquilo, España pide la pelota y el protagonismo de nuevo en el césped, líder de su grupo con partidos como victorias (Suecia y Suiza), ahora ante Italia en Salerno.

