El 17 de abril fue un día rarísimo de la última Liga. En el Metropolitano, a las seis menos cuarto de la tarde, Raúl de Tomás le marcó al Atlético un gol de falta directa en el que falló Oblak. Menos de cuatro horas después, en el Sánchez Pizjuán, la barrera del Madrid se abrió, y Rakitic batió a Courtois también de tiro directo. La concentración fue insólita: hacía dos meses que nadie anotaba de esa suerte en un campeonato que solo registró nueve goles de falta directa a final de curso. Esa tarde se juntaron dos en cuatro horas.

