De vez en cuando gusta el <strong>director deportivo del Sevilla</strong> de pegarse su merecido baño de masas. Que el sevillista de a pie, entre mil agradecimientos y un centenar de fotos, termine <strong>estrechando su mano con una sonrisa reclamándole a su vez fichajes</strong>. Es lo que tiene esa actividad medio política que le gusta llevar a cabo a la cara visible de la entidad. Un <strong>Monchi </strong>al que le gusta (como a todos) que le regalen el oído, pero que necesita (igualmente que el resto) <strong>ese pequeño palito en el lomo para activarse y no conformarse con lo conseguido hasta la fecha</strong>. Que es mucho, claro. Demasiado incluso. Es la maldad que conlleva vivir entre el notable y el sobresaliente de forma perpetua, que el día que apruebas con solvencia pero con cierta ausencia de brillantez, siempre habrá algunos que te lo eche en cara. <strong>Y esa presión propia y la exigencia externa también agota al más pintado</strong>. Por todo ello pedía Monchi «confianza» a los <strong>Fieles de Nervión</strong>. Una palabras que casi se podría decir que se las decía a sí mismo, más que a unos hinchas que jamás han dudado (ni lo harán) de su faro en el Sevilla. <strong>El personaje (Monchi) le aprieta a la persona (Ramón) para que no rehuya por un instante esa batalla anual de reinventarse</strong>, de firmar barato (ya casi ni existe) y vender posteriormente por una catarata de millones. La fórmula del refresco de cola hace tiempo que ha sido más que seguida -como en su día lo hizo Monchi de otros clubes- y con las cuentas en tenguerengue no es sencillo <strong>apostar, acertar, mejorar el equipo y que los resultados deportivos sigan siendo brillantísimos</strong>. Más que emocionado por un verano donde todas las miradas estarán puestas en su figura, anoche se le notaba <strong>responsabilizado por lo que viene</strong>. Porque hay mucha tela que cortar. Demasiada.

