<strong>Fernando Alonso</strong> se despertó a las ocho de la mañana del domingo en su céntrico hotel en <strong>Montreal </strong>con la sonrisa de las grandes ocasiones. Estaba deseando competir después de dar una descomunal lección de clase bajo la lluvia la víspera. Fue el sábado en el que los gritos con su nombre enmudecieron a los seguidores de <strong>Verstappen</strong>. Si Max no pilota un Red Bull, él habría hecho la pole con un Alpine, el cuarto coche de la parrilla en el <strong>Gilles Villeneuve.</strong> El mundo entero se rendía a su actuación.

