Llega el Soudal a la meta, los cinco ciclistas que no se han perdido por el camino, y Remco Evenepoel levanta los brazos, señala al cielo y se queja de que ya es la hora de irse a la cama y no la de andar en bicicleta por las avenidas de Barcelona, bajo la lluvia y ya de noche. “Ridículo, no quiero ser el mono del circo”. Está enfadado, casi indignado. En la calle Aragón, en la calle Mallorca, los árboles ocultan la poca luz solar que se cuela entre las nubes. En la meta de la plaza de España, después de la peligrosa curva junto a la antigua plaza de toros de Las Arenas, ya apenas se ve nada.

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