Hacía rato que la final ya era historia del baloncesto en el TD Arena de Boston. Los aficionados de los Celtics habían plegado las velas de su naufragio, y Stephen Curry y Klay Thompson bailaban dando saltitos sobre la plataforma en la que minutos antes habían recibido en el centro de la cancha el trofeo de campeones de la NBA, el cuarto que en ocho años consiguen para su equipo, los Golden State Warriors. Sobre sus cabezas, 17 banderolas colgaban del techo por cada uno de los anillos ganados en un pasado demasiado lejano por los Celtics, que sucumbieron bajo el empuje de un rival que dominó siempre, salvo un brevísimo paréntesis en el arranque. Los de San Francisco habían sentenciado (103-90) la eliminatoria sin necesidad de agotarla (4-2).

Seguir leyendo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *