Estoy en México, que es uno de los países que moviliza más gente hacia las sedes mundialistas. La selección no acaba de funcionar, pero el entusiasmo de la gente por viajar a Qatar no decae. Hablando con un amigo del largo viaje y del altísimo costo, me vino a la cabeza un episodio que aún me inquieta. Era el Mundial 82 y la historia se me quedó clavada en el corazón. Define al hincha, ese tipo que puede ser un perfecto idiota, pero por amor. Se llamaba Mario, tenía unos cincuenta años y andaba envuelto en una bandera de Argentina. Ni por asomo se lo podía confundir con un barra brava. Era un lobo solitario de paso tranquilo y una pasión pacífica y pura por el fútbol. El hincha es siempre desinteresado, pero Mario iba más lejos. Era hincha de Huracán y ciego admirador del entrenador de la selección, César Luis Menotti.

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