Ese “mamá, no quiero ser tonto” se clavó, como un puñal, en el alma de Monique. Tanto que jamás ha olvidado el momento. Era el verano de 2003 y volaba desde Seattle a Los Ángeles para afrontar la aventura de su marido, Gary Payton, cabeza de familia y uno de los grandes bases de su época, en los Lakers. Aquella frase de su hijo, también llamado Gary y por entonces de 10 años de edad, resumía entre llantos y dentro de aquel avión el permanente malestar que padecía. El derivado de no comprender por qué era diferente.

