Cuando los niños de mi quinta jugábamos en el parque sólo existían tres posiciones: portero, delantero y portero-delantero, privilegio este que se concedía al equipo que en caso de ser impares se quedaba con uno menos. En el fútbol profesional no existía tal. El portero era portero, no se esperaba que hiciera nada con el pie (muchos ni tenían patada para el saque de puerta, que confiaban al central) y menos que saliera del área. Si había alguna salvedad, como el caso de Gatti, era considerada una extravagancia exótica. Hoy, sin embargo, el corazón de las aficiones se va acostumbrando al sobresalto de ver a su portero con el balón en los pies, con frecuencia en situaciones de extremado riesgo. ¿Cuándo empezó eso?

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