Dani Carvajal salió del estadio del Feyenoord rumbo al autobús de la selección el domingo por la noche, ya de madrugada, con un balón bajo el brazo, mientras un empleado de la federación, aún incrédulo, le insistía si no le habían entrado dudas justo antes de tirar su penalti a lo Panenka. “Que no. Estaba convencido. Era imposible que fallara”, le decía agarrando la pelota que había enviado a la red de Livakovic para cerrar el triunfo contra Croacia en la Liga de las Naciones, el primer trofeo de España desde la Eurocopa de 2012.

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