Se proclamaba a los cuatro vientos que el campo de Los Ángeles Country Club era magnético, desconocido para la mayoría y sobre todo exclusivo, ensamblado en Beverly Hills y con unas preciosas vistas a la ciudad californiana. “Guardo grandes recuerdos de aquí, es un gran campo”, resolvía Jon Rahm, cerca de la mansión PlayBoy -colindante al recorrido porque dice la leyenda que a Hugh Hefner no le dejaron hacerse socio-, pues hace una década jugó un torneo universitario. Se decía, también y con razón, que se había cuidado hasta el mínimo detalle y, de paso, salpicado cada hoyo con dificultades. Ninguna como el rough, briznas selváticas de bermuda que no escondían sino que engullían cada bola que aterrizaba en sus faldas; y como los greens, que eran auténticas pistas de patinaje sobre hielo. Pero el campo era corto y ya desde la primera jornada los más románticos lamentaban que no sería un US Open como la tradición exige, pues la historia dice que en este torneo se ganan con muy pocas bajo par. Rickie Fowler y Xander Schauffele, líderes al acabar con -8, firmaron el récord en la historia de los majors con 62 golpes —igualado con Brendan Grace (British 2017)—, aunque con un poco de trampa porque el par del campo es 70 cuando suele ser 72. Lejos de Rahm (-1) y su golf de contrastes.

