Si a la escuela holandesa siempre le quedarán los extremos como seña de identidad, a Croacia siempre le quedarán el empeine exterior de Luka Modric y el callo competitivo que la han llevado a firmar en el último lustro algunos de los episodios más épicos del fútbol internacional. En la noche de este miércoles, con el estadio del Feyenoord teñido de naranja fluorescente, no fue menos. Las prórrogas son cosa de Croacia. Ganándolas llegó hasta la final del Mundial 2018, a las semifinales del de Qatar y anoche a la de la Liga de Naciones (2-4). A España o a Italia les aguarda un combatiente indesmayable que aúna la técnica de sus mejores futbolistas con un fervor nacionalista que le agiganta. Croacia juega para Croacia.

Seguir leyendo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *