Antes de salir a correr suele haber unos instantes de pereza. Una comprensible duda asoma en el horizonte. ¿No estarás mejor en casa, tranquilamente, con el día que hace? Ese dilema se transforma en excitación y expectativa cuando se trata de una carrera con dorsal, recorrido oficial y público a ambos lados del trayecto. Esos segundos previos, antes de que la muchedumbre comience a moverse, cuando se oye de lejos el pistoletazo que marca la salida, condensan tantas y tantas cosas que es casi imposible no empezar a mover los pies. Las horas de entrenamiento, las lesiones, los días en que no podías más y al final sí, los días en que no podías más y al final, efectivamente, no. Y con esa carga de sensaciones que vuelven desde la memoria surge algo parecido a las emociones. Ese conjunto de vivencias —muchas no tendrán que ver con el deporte— acompañarán al atleta a lo largo de la carrera. Las repasará de manera automática y relativamente ordenada en la parte central. Y volverán al caos, agolpándose, en los metros finales, para volver a adentrarse en el terreno de la emoción. Emoción por completar el recorrido. Pero también por todo lo que se ha sentido durante la prueba.

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