Durante décadas los aficionados al fútbol de Alemania recordaron a Hansi Flick como el hombre que asistía impotente al gol de Rabah Madjer. La secuencia era un estándar del folclore bávaro. El argelino recibía de espaldas a la portería del Bayern y liberaba el taconazo más puro de la historia del torneo antes de que el balón rodara como un tiro junto a un rubio espantado que solo atinaba a mover la pierna derecha en un gesto convulsivo sobre la raya de gol. El 1-1, antesala de la victoria del Oporto en la final de la Copa de Europa de 1987, retrató a Flick como el antihéroe. Viva imagen del perdedor en un país obsesionado con el espíritu de victoria.

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