“Todos sabemos cómo es Samuel”, se disculpaba Carles Puyol ante los micrófonos nada más terminar aquel triste partido de la Romareda. Y, efectivamente, todos sabíamos cómo era Eto’o: negro. Por eso los aficionados racistas apostados por todo el estadio le gritaban mono y aullaban como primates del primer cajón evolutivo, ni siquiera escalón. Yo he visto chimpancés creando sus propias herramientas para cazar termitas. Y Gino, mi vecino, tenía un tití que nos confiscaba los balones que caían en su tejado hasta que le lanzábamos una bolsa de pipas y, entonces sí, entregaba el cuero. Incluso la pobre mona enjaulada de la alameda, símbolo de un tiempo en el que casi todo estaba mal en Pontevedra, era quien superaba en inteligencia, humanidad y tolerancia a toda aquella turba fascista desperdigada por la grada. Pero la culpa era de Eto’o. Todos sabíamos cómo era Samuel, comenzando por sus propios compañeros.

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