Esta vez no fue un zurdazo que abrió las puertas del cielo, como el del recordado Puerta en 2006. Fue un remate de cabeza de Lamela en la prórroga y en el minuto 95, empujado en su escorzo por miles de sevillistas, por el alma de un equipo que no se rinde jamás y que quiere la Liga Europa como no la quiere nadie. Nervión vivió un partido sublime, lleno de emoción, donde el Sevilla se impuso a un equipazo como la Juventus, que lo llevó al límite y a tener que disputar una prórroga que heló los ánimos de los espectadores. Fue una tremenda sacudida, un torrente de sensaciones mágicas que este Sevilla experimenta con una energía única en la Liga Europa, su torneo. Por eso disputará su séptima final ante la Roma, después de sufrir, remontar, jugar, querer y sentir. Un tremendo acto de fe que disparó la alegría del Sevilla y de su gente. Como en 2006, la primera que ganó, el Sevilla volvió a meterse en una final después de una prórroga y en su templo.

