Camino de la rampa de salida en la plaza de Savignano, donde el viejo Francesco Moser, el mejor contrarrelojista de la historia del Giro lo mira todo con la curiosidad de los jubilados, más escépticos que maravillados, con demasiado tiempo libre, y abre los ojos como platos tan grandes como el plato de 64 dientes con que decora su Pinarello Geraint Thomas, y antes de comenzar la contrarreloj que le encumbrará de nuevo, Remco Evenepoel cruza el Rubicón, un escuálido riachuelo, por el puente romano y quiere gritar “los dados están lanzados”, como hizo Julio hace 2.072 años antes del golpe de estado que le hizo César, y así lo relató él mismo en su Guerra de las Galias, una de las primeras grandes crónicas deportivas de la historia. “Vae victis” (“ay de los vencidos”, algo así como que se fastidien los que han perdido, esto es una guerra) querría añadir el campeón del mundo, siguiendo con historias de guerras entre romanos e irreductibles galos, pues la intención del belga es, si no sentenciar, sí lograr la ventaja suficiente sobre todo en los 35 kilómetros lisos de Savignano a Cesena, para que las montañas que vienen, Alpes suizos, Bérgamo, la próxima semana, Dolomitas, la última, le encuentren abrigado, y suena Romagna Mia en las cunetas y las parejas bailan agarradas junto al quiosco de Sala de Cesenatico, kilómetro 16, donde Tonina Pantani cocinaba piadinas con manteca de cerdo rellenas de Nutella para el apetito insaciable de su hijo Marco, y ahora, sola, llora.

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