En Salerno gris, y el mar, ni siquiera sonríe el ganador, el neerlandés Kaden Groves, uno de los sprinters que llegan. Después de 270 minutos (a 38 de media, y con mala cara, el espíritu colmado de lo que se llama con regusto justa indignación) empapándose bajo el agua que cae y sobre el agua que los charcos de la carretera escupen cuando ruedan sobre ellos, el pelotón es rabia e insultos. Nadie, ni el noruego Andreas Leknessund, que logra mantener la maglia rosa, tiene ganas de bromear. Ni Mark Cavendish, que hace una cabriola loca a 60 por hora porque su bici patina en un paso cebra a 20 metros de la línea y cruza la meta quinto, arrastrándose por el suelo.

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