“¿Y si fichamos a Messi?”. La pregunta circula en estos días de boca en boca, y de teléfono en teléfono, en el sanedrín de Aurelio de Laurentiis. Lo cuentan los viejos amigos septuagenarios del presidente del Nápoles, esos sabios que le aconsejan cómo diseñar su plantilla siguiendo un método que se sitúa en el extremo opuesto de los tecnócratas que presumen de manejar el big data. Pura intuición, pura experiencia de vida, puro conocimiento ancestral del juego. Pura audacia. La idea de fichar a Messi, el heredero de Maradona para el club que coronó a Maradona, y pagarle el salario con los 100 millones de euros que esperan obtener de la venta de Osimhen, es una conjetura que De Laurentiis recibió como algo fantástico más que real. Pero también es un símbolo de la magia que envuelve a este Nápoles, una sociedad que pasó de la quiebra en 2004 a montar un equipo que esta temporada, con una masa salarial de 110 millones de euros, apenas un quinto de lo que gastan los grandes de España, practica el fútbol más aproximado que se ha visto nunca desde el Barça de Guardiola.

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