Si hubiera un termómetro para medir el talento, es muy probable que el de Ian Niepómniashi para el ajedrez fuera uno de los mayores que se han visto en el último medio siglo. Pero su preparación psicológica, más importante aún en el deporte mental por excelencia que en todos los demás, deja mucho que desear. En este duelo consiguió algo que siempre había sido muy difícil para él: ganar una partida, la 5ª, inmediatamente después de perder otra. Sin embargo, ha fallado con estrépito donde los campeones no suelen hacerlo: en el instinto asesino, traducido en un olfato especial para saber qué momento puede ser decisivo, y obrar en consecuencia.

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