Se repite la historia en París, vuelve el revuelo. La tradición. Las carreras y el estrés por todo el recinto. Van y vienen los periodistas y todos los trabajadores de Roland Garros porque es la antesala de la final y, sobre todo, porque a ella vuelve el rey, el admirado y reconocido campeón –“¡Rafa, Rafa, Rafa”, bramaban las gradas el viernes– que el curso pasado perdió el sitio y ansía recuperarlo hoy (15.00, Eurosport y DMAX) en la final contra Casper Ruud. Todo va a toda máquina y al final, no ajeno pero sí abstraído, el que maneja la situación con mayor aplomo es el propio Nadal, que camina con paso firme y buen semblante por el espacio en el que trabajan los enviados especiales, puliendo mentalmente cómo abordará el gran día y cómo desarmar al noruego, que asiste en condición de novel. Lobo con piel de cordero. Ahí hay un magnífico jugador sobre tierra batida.

