Si Leo Messi acaba su carrera en el Barcelona, el club donde empezó, no sólo cerraría de forma perfecta un círculo sino que habría la posibilidad de que el Barcelona abriese otro; si el joven Messi inauguró en 2004 el mejor Barça de siempre, el viejo Messi, un jugador de tal dimensión que se está despidiendo poco a poco de la élite regalándose una Copa del Mundo, podría trasformar su devastador impacto en el campo en un ola emocional, nada comparado a marcar 90 goles en una temporada pero sí necesaria para armar al Barcelona de los nuevos canteranos. Un caudillaje, un liderazgo; saber que Messi está con ellos, en el campo y en el vestuario, y una ilusión más, no una ilusión cualquiera, en la grada. Para que esto ocurra, y una vez que el Barcelona decida o pueda afrontarlo, hay que saltar sobre el padre de Messi y sus ambiciones económicas; el único que puede saltar es Messi. A los que nos gustan los finales felices, incluso los finales felices en la barriada del adversario cuando sus historias han trascendido tanto, nos gustaría ver al último Messi reconciliándose con el primero: misma camiseta, mismo escudo, mismos rivales, mismo estadio. Otro Messi, claro: el problema de llamar Dios tanto tiempo a alguien es que corremos el riesgo de pensar que nunca envejecerá. Los silbidos de una parte de la afición del PSG son los silbidos de gente que esperaba ver en París al Messi de 25 años; gente que, cuando llega a casa y se mira al espejo, debe de sorprenderse de no ser la misma que hace diez.

